Organización de la Vida en la Aldea

El Concejo

Se reúne, aún en la actualidad, en los portales de la iglesia, cuando la junta vecinal lo cree conveniente, a toque de campana. Está siempre presidido por el alcalde presidente. Sólo tienen voz y voto los cabezas de familia, que sean vecinos del pueblo. El concejo se reúne para regular la buena marcha de la vida de la comunidad aldeana. Trata temas de interés comunal. Aquí se acuerda el arreglo de los caminos mediante las “cenderas” o “facenderas”; se reparten las eras, se ve la con­veniencia de que el ganado paste tal o cual prado, se nombran representantes para que vayan a solu­cionar los problemas a la capital de provincia, etc.

El concejo más importante se hacía, hoy se ha perdido, el día de S. Silvestre, 31 de diciem­bre, con el fin de organizar las actividades del año siguiente; en él se contrataban todos los servicios de dos personas básicas para el desarrollo de la vida aldeana: el herrero y el guarda del ganado.

El Herrero

El pueblo poseía una fragua que era del común, y que todos los años se le alquilaba a un herrero por contrato que se hacía, como ya dijimos, el día de S. Silvestre. Se le pagaba una cantidad de trigo, que se determinaba al hacer el trato, por herrar el ganado de labor, y por “ahuzar” las rejas de1 arado. El arreglo de otros útiles de labranza se pagaba por separado. Mediante este contrato el herrero pasaba a ser uno más entre los vecinos, aunque tenía un peso específico en una comunidad que, por su trabajo, ha necesitado siempre de una persona capaz de hacer y reparar sus útiles. Aquí están en contacto dos intereses encontrados; por un lado, el pueblo necesita el arte del herrero (arte que le hace superior a la comunidad misma), por otra parte, hay que dejar bien sentado que es la comunidad la que contrata al herrero, que es un servidor, importante, imprescindible, pero servidor; por eso la comunidad le obliga a pagar una especie de tributo simbólico, la “robla”, un cántaro de vino que consumían todos los vecinos en fraternidad, sellando con este acto la unión y la amistad de dos partes que se unen porque se necesitan. Este mismo día pagaba su “robla” también el guar­da del ganado.

El Guarda del Ganado

Figura también hoy desaparecida del escenario de la vida rural. Se le contrataba, igual que al herrero, el día de San Silvestre, y también se le pagaba en especie un tanto por cada cabeza de ganado que tenía que apacentar, pero se hacía distinción entre el ganado de labor y los cerriles (ani­males jóvenes que aún no estaban domados y por eso no trabajaban); estos últimos pagaban más porque iban más días al pasto, y además eran más difíciles de controlar. También el guarda era el campanero.

Tenía que saber los toques de campanas, ya que éstas eran las que regulaban los quehaceres del campo; él era el que avisaba si había fuego, tormenta, tocaba cuando había difuntos, para reunir el concejo… Recibía asimismo una cantidad extra de trigo por tañer las campanas, que debía tocar, además de en las ocasiones señaladas, todos los días al amanecer, al mediodía y al anochecer, como una especie de rito ancestral que servía de guía a los campesinos en las duras faenas del campo.

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